En el tercer milenio antes de Cristo, en
Babilonia todas las mujeres tenían la obligación, al menos una vez en su vida,
de acudir al santuario de Milita (la Afrodita griega) para practicar sexo con
un extranjero como muestra de hospitalidad, a cambio de un pago simbólico. Este
rito tiene su origen en la diosa de la cultura sumeria Innata, diosa de la belleza
y la sensualidad. Sus sacerdotisas, que se habían consagrado vírgenes al
servicio del templo, fornicaban con aquellos que habían dejado en el templo una
ofrenda económica a la diosa. En la Biblia hay numerosas referencias a los
actos “abominables” de estas sacerdotisas, las canaritas.
La
divinidad amorosa Innata/Instar es la protectora de las prostitutas y de los
amoríos extramaritales, que por cierto no tenían connotación especial en
Babilonia, ya que el matrimonio era un contrato solemne que perpetuaba la
familia como sostén del estado y como generadora de riquezas, pero en el que no
se hablaba de amor o de fidelidad amorosa. Así, a los hombres se les permitía
ofrecer a sus esposas como pago colateral por un préstamo.
En la
Grecia clásica, la prostitución era practicada tanto por mujeres como por
hombres jóvenes. El término griego para la prostitución es porno, derivado del
verbo perenne (vender), lo que derivado en la acepción moderna. Las prostitutas
debían vestirse con ropas distintivas y estaban obligadas a pagar impuestos. En
la iglesia tenían un lugar reservado e Incluso eran enterradas separadas del
resto.

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